Las cicatrices que aprendieron a latir...
- Laly Fdz
- 18 jun
- 2 min de lectura

Hay algo que nadie te dice sobre tener el corazón roto.
No es un dolor que aparece una vez y desaparece.
Es una compañía silenciosa.
Se sienta contigo en los momentos más inesperados.
En una canción cualquiera.
En una tarde tranquila.
En esos segundos antes de dormir cuando ya no hay ruido suficiente para distraerte de lo que sientes.
Y entonces vuelve.
La ausencia.
La nostalgia.
El recuerdo de todo lo que ya no está.
Vivir con el corazón roto es aprender a sonreír mientras algo dentro de ti sigue doliendo.
Es responder que estás bien cuando la verdad es que hay días en los que apenas logras sostenerte.
Es seguir adelante aunque una parte de ti se haya quedado atrapada en un tiempo que ya no existe.
Lo más difícil no es llorar.
Lo más difícil es acostumbrarte.
Acostumbrarte a no recibir ese mensaje.
A no escuchar esa voz.
A no compartir las pequeñas cosas que antes parecían importantes solo porque existía alguien con quien compartirlas.
Y aun así, la vida sigue.
Los días continúan llegando.
El mundo no se detiene para acompañar tu tristeza.
Y tú tampoco tienes otra opción más que seguir caminando.
A veces con fuerza.
A veces arrastrando los pies.
Pero sigues.
Porque aunque el corazón roto te cambia, no te destruye.
Te vuelve más sensible a ciertas canciones.
Más vulnerable a ciertos recuerdos.
Más consciente de lo mucho que puede doler amar.
Pero también te enseña cuánto fuiste capaz de sentir.
Y eso tiene algo hermoso, incluso en medio de la tristeza.
Porque si hoy duele tanto, es porque alguna vez fue real.
Porque hubo algo tan importante para ti que todavía deja huellas.
Y aunque hay noches en las que daría cualquier cosa por volver atrás, también empiezo a entender que algunas heridas no están hechas para desaparecer.
Están hechas para convertirse en parte de nuestra historia.
Así que aquí estoy.
Con un corazón roto.
Con recuerdos que todavía pesan.
Con una nostalgia que aún me acompaña.
Aprendiendo, poco a poco, a vivir con todo aquello que ya no puedo cambiar.




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